...C h a p t e r 2...
Salió dando torpes pasos entre la multitud que se abalanzaba hacia las puertas del aeropuerto. Afuera, los últimos vientos fríos del invierno se colaban entre los abrigos de las personas, llevándose el calor consigo. Simplemente se calzó la capucha en la cabeza y siguió su impredecible camino hacia las agitadas calles de Japón.
Qué ciudad extraña. Si pensaba que el centro de Londres era insoportable e intransitable, jamás se había detenido a pensar en la ciudad más poblada del planeta. Desesperado, se desvió de la avenida principal por una callejuela hasta una calle que desembocaba en una plaza. Una ciudad realmente extraña. ¡¿Cómo era posible que una pequeña plaza desolada pasara totalmente por alto estando a tan sólo algunas cuadras de semejante avenida?!
El viento se volvió más insistente. Cuando logró arrancarle la capucha y dejar su cabello al aire, pensó que lo mejor sería refugiarse en un lugar con calefacción. No le agradaba la idea de enfermarse cuando aún no tenía un lugar donde pasar la noche.
Caminó un poco más, abrazándose a sí mismo, tratando de controlar el temblor de sus manos y rodillas. ¡Vaya que eran fríos los inviernos japoneses! Pasó frente a una cafetería. No tenía otra opción. De todas maneras, aún era de mañana y tenía tiempo de sobra hasta conseguir una habitación de hotel donde descansar.
Entró y otra vez pensó que era una ciudad realmente extraña. Quizás no tanto, pues el frío obligaba a todo ser humano a refugiarse. La cafetería estaba colmada de gente y no había ni un rincón en una maceta donde sentarse. Resignado, volvió a salir, entregándose a las heladas calles japonesas nuevamente.
Siguió buscando en los alrededores del pequeño parque, pero no encontró más que otros dos o tres lugares igualmente llenos de gente. Rendido y un poco enfadado con la poco cálida bienvenida de esa ciudad, se sentó junto a una fuente, maldiciendo la poca suerte que había tenido apenas llegar.
En el corto recorrido que había realizado, una persona parecía haber roto la helada soledad de la plaza, y se encontraba sentada en el lado opuesto de la fuente.
- La soledad es fría, como esta agua. No hay quién caliente tu ser...
Detrás del sonido del agua correr, podía escuchar a esa persona murmurar.
- Aún si encuentras a alguien, te dolerá si vuelves a estar frío...
No le prestó importancia. Debía ser de los típicos enamorados con el corazón roto. ¿Quién más, si no, estaría pasando frío en una desierta plaza? No él, su caso era diferente.
Escuchó un pequeño ruido en seco y abrió los ojos. ¿Acaso era el sonido de un chocolate al romperse? Ahora que recordaba, no había probado bocado desde que había bajado del avión. Quizás era sólo su imaginación distorsionada por el frío y el agua cayendo de la fuente.
- Se ha derretido. De seguro estaba en un lugar cálido, por eso se ha derretido. Entonces, si uno recibe mucho calor... ¿muere?
- Si recibe mucho frío también muere...
No supo por qué esas palabras escaparon de su boca. Simplemente se sentía muy cansado y vacío en esa plaza desolada. Quizás quería entablar alguna conversación superficial con la persona que se encontraba tras la fuente. O tal vez quería romper el horrible silencio que lo rodeaba.
- Hola, Míale. Pensé que jamás te vería de nuevo.
¡¿Mi... Mihael?! ¡Nadie sabía su nombre! No, no podía ser una coincidencia. Se levantó de un salto, rodeando la fuente a grandes pasos. El único que conocía su nombre, aparte de él, era...
- L...
- Por favor, llámame Ryuuzaki aquí afuera.
- Pero, pero...- No. Debía ser una ilusión.
- Soy tan real como los chocolates que tú saboreas- dijo Ryuuzaki, leyendo los ojos del muchacho.
- Pero... ¡¿Qué haces aquí?!- Qué pregunta estúpida, pensó.
- Yo, vivo. ¿Y tú?
- Sólo acabo de llegar...
- Ah...- Se puso de pie.- ¿Tienes donde alojarte?
- No.
Se acercó a él e inclinó un poco la cabeza para observarlo más de cerca.
- Pensé que mi supuesto sucesor sería más precavido- Le acarició el rubio cabello, despeinándolo.
- ¡Déjame!- exclamó, apartándose unos pasos-. El viento ya me despeinó lo suficiente- Le dirigió una mirada de enfado.- Es que viajé de improvisto.
- ¿En busca de Near?- Se llevó un dedo a la boca.
- ¡No es eso! No sé ni me interesa donde esté ese...
- Pues si estás aquí, Matt correrá a buscarte.
- Tampoco sé dónde está él...
- Ya verás... Estará junto a ti.
- No le dije a nadie que he viajado a Japón- Volvió a colocarse la capucha.
- Ya se enterará. Matará de preguntas a Roger, hasta sonsacarle la información.
- Roger piensa que estoy en Estados Unidos.
- Pues, en cualquier momento no pensará más eso.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque yo le diré...
- No te atreverás- dijo incrédulo, observándolo con ojos furiosos -. A él ya no tiene por qué importarle mi vida. ¡Ya tengo diecinueve años!
- Lo sé, pero estuvo todo el maldito día preguntándome por ti.
- ¡¿Y qué le interesa?!- La rabia se detectaba en sus dientes apretados.- ¡Dile que no se meta!- exclamó, dándose media vuelta.
- Bien... Bien. Tranquilo.
Mello respiraba agitado, apretando los puños, tratando de desahogar su momentánea furia.
- No le diré nada...
- Bien.
- ¿Qué piensas hacer aquí?- inquirió Ryuuzaki -. ¿Para qué has venido?
- No lo sé... Algo me dijo que viniera.
- ¿Querías verme?
- ¡No!- mintió apresuradamente -. ¡Ni sabía que estabas aquí!
- No eres bueno para mentir, Mello- Se da vuelta.
- ¡No estoy mintiendo!
- Aquel que dice no mentir estando enojado, lo dice porque está nervioso de que le crean lo contrario- analizó -. Si fuera verdad eso que me dices...
- No miento...- trató de decir con naturalidad, pero el nerviosismo aún se le notaba en las palabras.
- Y ahora finges estar tranquilo para que yo te crea... Vaya niño.
- ¡Deja de fastidiarme!
- Como digas.
Ryuuzaki emprendió camino hacia el hotel o hacia la dulcería, quién sabe. El rubio simplemente se quedó observando como al poco tiempo desaparecía de su vista, doblando en la esquina. Recién entonces volvió a sentir el viento helado azotando su rostro.
- Ya volverás a mi, Mihael Keehl- se decía a sí mismo Ryuuzaki, varias cuadras más allá -. Si para eso has venido, para eso te quedarás.
Aún sin entender bien lo que había sucedido hacía instantes, Mello se alejó de esa plaza, en dirección contraria a la de L. Maldición, había sido muy fácil encontrarlo. No se esperaba aquello, no estaba preparado...
Lo que restó del día, decidió volver a la gran avenida y recomenzar su búsqueda desde allí. Zona de hoteles, eso buscaba. Varias cuadras hacia el norte equivalían a centenares de habitaciones de hotel ocupadas y decenas de cafeterías atestadas de clientes. Al comenzar a bajar el sol, las calles parecieron morir. Nadie salía, nadie se exponía a la heladísima noche. Sólo él.
Hubiera gritado de felicidad y alivio si no tuviera un terco orgullo. Al fin había encontrado un lugar donde calentarse y descansar de tan larga caminata. Una cafetería en una esquina, media vacía, no tan grande ni ostentosa como las últimas que había visto en el día. Abrió y agradeció la suave corriente cálida que lo recibió a entrar.
- Hola de nuevo- dijo una voz a sus espaldas.
Mello dio un respingo al escuchar tan repentino saludo y dio media vuelta, asustado.
- ¡¿Ryuuzaki?!- Estaba más anonadado que antes.
- Que casualidad encontrarte en la confitería donde siempre compro mis dulces- dijo, mirándolo con ojos inexpresivos y una sonrisa atemorizante en su boca.
- Sólo entré a tomar algo- le dijo secamente, aún recordando las intenciones de L de revelarle su paradero a Roger.
- Lo sé, aunque ya es un poco tarde. Voy a regresar a mi hotel.
- Te acompaño.
- ¿Quieres estar conmigo?
- No es eso- Desvió la mirada.- Ya que aquí están todos los hoteles, podré buscar uno para hospedarme.
- De acuerdo.
Mello siguiendo a L, salieron de la cafetería. El rubio se dio cuenta que estaba acostumbrado al frío de ese día. Ya no le temblaba el cuerpo, aunque no sentía ni las manos ni las orejas.
Caminaron algunas cuadras, sumidos en total silencio, hasta que al fin llegaron al hotel donde L se hospedaba. Éste miró de reojo a Mello, comenzando a subir por la escalera de entrada.
- ¿Dónde piensas pasar esta noche?- le preguntó -. ¿No tienes ningún lugar, verdad?
- Aún no.
Lo miró un momento y luego abrió la puerta del hotel con su llave.
- Si quieres puedes quedarte aquí el tiempo que necesites- Entró al edificio.- Cada piso tiene diez habitaciones disponibles.
- Bueno... Como quieras.
- Yo vivo en el piso 29. Si lo deseas, puedes quedarte en el mismo piso.
- ¿No es muy arriba? Prefiero alguna habitación más cerca de la salida, gracias.
- De acuerdo...- Se quedó unos segundos en silencio, en el hall.- ¿Entrarás?
Mello seguía de pie frente a la puerta.
- ¡Oh, si!- Ingresó al edificio, detrás de L.
- ¡Espera!- Levantó una mano para que Mello se detuviera -. ¿Qué sucede aquí?- En el hotel había mucho movimiento de gente que iba y venía con maletas, hablaba con el Registrador y entraba y salía de los ascensores.- ¿Qué hacen en MI hotel?
Sin esperar un segundo, tomó su celular y llamó a Watari. Mello, mientras tanto, observaba intrigado la situación.
- ¡Watari! ¿Por qué hay tanta gente en mi hotel? Se supone que le compré todos sus pisos.
- Ryuuzaki, has dicho que usarías el edificio como un hotel normal para no generar sospechas de que tu fueras L. Sólo L podría comprar un hotel entero. Además nos mandó a que construyéramos otro.
- Ahh... Seh, lo olvidé- Se pasó una mano por la cabeza.- Bien, no dije nada. ¿Mi habitación del piso 29, puerta C, aún está entre mis posesiones?
- Claro que si.
- Muchas gracias- Cortó la comunicación y miró a Mello.- Olvidé que regeneré el hotel para que opere como uno normal- Se llevó un dedo a la boca.- Sólo están disponibles las habitaciones C o B del piso 29, que siempre reservo.
- Entonces me quedo con la B.
- Bien...- Sube al ascensor.- Tranquilo, lo mandé a reparar.
- ¡Ah! ¡Menos mal!
- Ahora funcionará de todas maneras aunque se corte la energía eléctrica. Tiene un generador propio.
El ascensor subía lentamente por los pisos, silencioso, deslizándose. El tenso silencio entre los dos podía tocarse con las manos. Mello, como siempre recostado sobre la pared que enfrentaba a la puerta, tenía los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. L, sin embargo, mantenía los ojos posados sobre Mello, en especial, observaba detenidamente su boca. “Cómo me gustaría probarla” pensó, pero el traqueteo final del ascensor llegando al piso 29 lo sacó de su ensimismamiento.
- Oye, Mello, esta es la llave de tu habitación- Le arrojó la llave.
- De acuerdo.
- Buenas noches- le deseó L, entrando a su cuarto.
El rubio, por su parte, esperó hasta escuchar cerrarse la puerta de L, para desearle las buenas noches, en un susurro que sólo podría haber sido escuchado a escasa distancia de su aliento.
En ese momento, L comenzaba a escribir en su laptop.
Mello simplemente se quitaba el saco y se arrojaba sin desvestir a la cama.
L no podía quitarse de la cabeza el insistente deseo de ver a Mello.
- Argh...
Mello se quitaba las botas y se acostaba boca abajo.
L bebía café.
- ¿Qué estará haciendo Yagami-kun?
Mello comenzaba a cerrar los párpados...
La madrugada se dio paso entre los edificios y residencias de toda la ciudad, llevándose consigo los últimos vestigios de energía de la mayoría de las personas
Sin embargo, había alguien que no descansaba. Su gran sentido de justicia no le permitía bajar la guardia.
- Kira mata 20 criminales más...- susurraba por lo bajo, mientras anotaba algunos de sus alborotados pensamientos en una libreta.
Pero quizás había otra razón por la cual no conciliaba el sueño. Una causa aún más inquietante que el rutinario asunto de los asesinatos en masa.
Miró la hora: eran cerca de las 4 de la madrugada. Seguramente Mello estaría dormido...
Lo más silenciosamente que pudo, salió de su habitación. El hotel estaba sumido en una calma absoluta y nadie parecía estar caminando perdido por los pasillos. Lento y en puntas de pie, avanzó la poca distancia que lo separaba del cuarto B. Con una copia de la llave que siempre llevaba consigo, abrió la puerta, deseando con todas sus fuerzas que Mello no despertara.
El joven rubio estaba profundamente dormido, tal vez, como hacía mucho no lo estuviera. Se lo veía totalmente relajado, con el pecho bajando y subiendo acompasadamente, al ritmo de su profunda respiración. L se acercó lentamente, con un dedo en su boca, sin evitar que una extraña ternura lo invadiera al ver a Mello en tan indefenso estado. En un instante, toda su razón se vio anulada por ese sentimiento. Y, sin saber por qué estaba haciendo eso, se inclinó sobre el rostro dormido del muchacho y lo besó.
No supo cuánto duró ese suave contacto, pero si estaba seguro de que, ante el primer roce, Mello despertó sobresaltado y se alejó de él, enredándose en las sábanas.
- ¡¿Pero qué te pasa?!- le gritó exaltado, sonrojado hasta las orejas.
- Eh...- L desvió la mirada.- Hola.
Mello simplemente le lanzaba una mirada entre enfado y sorpresa.
- ¡Te hice una pregunta!
- ¿Cu... Cuál pregunta?
- ¡De qué te sucede! ¡¿Acaso te falta un tornillo o qué?! ¡Pensé que eras inteligente!
- Lo soy- respondió sin ninguna duda -. Es por eso que lo he hecho.
- ¡¡Qué parte de la palabra inteligente no entiendes!!- vociferó, furioso. Salió de la cama y se calzó rápidamente las botas.- ¡¡Me voy!!- Tomó su saco y se dirigió a la puerta.
- Una persona con inteligencia nunca deja de hacer cosas que quiere...- dijo L con toda calma -. ¿Dónde irás? No tienes ningún sitio...
- No me importa, ya descansé lo suficiente.
Mello abandonó el cuarto cerrando la puerta violentamente y bajó los veintinueve pisos por las escaleras, lo más rápido que sus piernas le permitían.
Unos momentos después, el muchacho ya estaba en la puerta del hotel, colocándose la capucha del saco y decidiendo qué dirección tomar en esa helada madrugada. Bajó las escaleras lentamente, dudando.
- No...- murmuró para sí -. No voy a regresar. Mi orgullo no me lo permite.
Siguió caminando. A menos de una cuadra de distancia, se cruzó con un joven alto, de cabello castaño, que callaba con un dedo a “algo” detrás de él.
- Shhh...
- Kukuku- se reía silenciosamente una criatura de las peores, flotando detrás del joven, invisible.
- Qué tipo más raro...- pensó Mello, unos metros más allá.
El castaño se detuvo frente a una casa, abriendo la puerta con su llave.
- ¡Light, bienvenido a casa!- El grito de una muchacha histérica resonó en la desierta calle.
Ya un poco más lejos, Mello comenzó a preguntarse dónde pasar lo que quedaba de la noche.
- ¡Mello!
El aludido giró la cabeza hacia donde provenía la voz exclamando su nombre. Una voz bastante familiar.
- ¿Qué...?
- ¡Mello! ¡Oye, Mello! ¡Por aquí!
El rubio al fin encontró al fin la fuente del persistente llamado. Un chico que vestía una remera rayada y de cabello extremadamente rojo, se le acercaba con una radiante sonrisa.
- ¿...?
- ¡Hey! ¿Qué haces por aquí a estas horas? le preguntó animado el muchacho.
M... ¡¿Matt?!- Mello no podía dar crédito a sus ojos.
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